domingo, 15 de mayo de 2011

antipoema Nº 5 


Soy judío.
Lo digo con el miedo habitual,
con el miedo que desde siempre
acompañó el mínimo gesto de mis ojos,
con el miedo que se adosó a mis células
desde el grito que lancé al mundo
cuando,
tal vez a mi pesar,
no puedo recordarlo,
me vi obligado a nacer.
A nacer en un mundo hecho a la manera
de los demás,
o hecho a la manera de algunos
de los demás,
o a la manera de nadie,
porque a mí no me preguntaron
si yo quería vivir en este

mundo,
a mí no me preguntaron si yo
quería habitar este planeta,
o si quería quedarme en el otro,
donde creo que estaba cómodo.
Creo, porque no puedo recordarlo.
Y aquí estoy,
desde hace treinta y cinco años,
no sabiendo aún si este es el mundo
para el que nací,
si aquí puedo llegar a vivir algún
día,
si me esperan, tal vez, en alguna otra
parte,
si aquí estoy de paso,
como quien escala una montaña
cada vez más lentamente
si lo que me sucede es la etapa
anterior a lo que debe sucederme,
aunque lo que debe sucederme,
tal vez todo lo que debe sucederme,
sea la simple muerte,
la muerte común,
la muerte repetida,
la muerte aburrida.
Nada más que la muerte.

Soy judío.
Por ello, tal vez,
la muerte,
tan habituada a darle la mano
a tantos millones de judíos,
me haya reconocido,
y esté esperándome detrás
de mi diario miedo,
para decirme que sí,
que lo que debe sucederme
sólo ella lo sabe.

¿O es que yo ya lo sabía
desde antes de nacer?



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